Hay noches en las que todo se desmorona. Tu peque grita, tú gritas, las emociones explotan por todos lados y de repente te encuentras en ese momento terrible: tu hijo o hija llorando, tú agotada, enfadada, al límite. Y la tentación de cerrar la puerta y dejarlo así, de irte a dormir con ese nudo en el pecho, es enorme.
Pero aquí está la verdad que me costó años entender: no importa cuántas rabietas haya habido, no importa cuánto hayas perdido los nervios, no importa lo enfadados que estén todos. La última palabra, siempre, siempre, la tiene la sonrisa.
El peso de dormir con lágrimas
Cuando era pequeña, hubo noches en las que me dormí llorando. Y te puedo decir que esas lágrimas pesan. Pesan en el sueño, pesan en el corazón, pesan en la memoria. No se trata de ser perfecta como madre o padre. Se trata de algo mucho más profundo: se trata de enseñarles que el amor es más grande que la rabia.
Porque las rabietas pasan. El cansancio pasa. Pero lo que queda grabado en el alma de un niño es cómo terminó el día. Si terminó con un portazo y silencio, o si terminó con un abrazo y un "te quiero, aunque hoy haya sido difícil".
La sonrisa no borra la rabieta (y no tiene que hacerlo)
Volver a conectar después de una explosión emocional no significa fingir que no pasó nada. No se trata de borrar los límites que pusiste, ni de ceder ante el berrinche. Se trata de algo mucho más valioso: enseñarles que las emociones intensas no rompen el amor.
Puedes volver a su habitación, sentarte en el borde de su cama y decir:
"Hoy ha sido un día duro. Los dos nos hemos enfadado mucho. Pero quiero que sepas algo: aunque me enfade, aunque tú te enfades, yo siempre, siempre te voy a querer. Y mañana empezamos de nuevo."
Esa vulnerabilidad, esa honestidad, es oro puro para su desarrollo emocional.
Romper el patrón generacional
Muchas de nosotras crecimos en hogares donde las emociones intensas eran peligrosas. Donde enfadarse significaba castigo, silencio, distancia. Donde no había espacio para volver, para reparar, para reconectar.
Pero tú puedes hacer algo diferente.
Cada vez que vuelves después de una rabieta, cada vez que eliges la sonrisa sobre el rencor, cada vez que te sientas a su lado y respiras juntos, estás rompiendo un patrón. Estás diciéndole a tu hijo o hija algo revolucionario: "Las emociones no nos separan. Podemos sentir intensamente y seguir conectados. Podemos enfadarnos y seguir amándonos."
Cómo volver cuando todo ha explotado
No tiene que ser perfecto. No necesitas un discurso elaborado. A veces, lo más poderoso es lo más sencillo:
→ Vuelve a su habitación, aunque sea 5 minutos después
→ Siéntate en silencio a su lado, pon tu mano en su espalda
→ Respira con él o ella: "Vamos a respirar juntos"
→ Di la verdad: "Me he enfadado mucho, pero te quiero. Siempre."
→ Abraza, besa, sonríe. Aunque sea una sonrisa cansada, cuenta
No se trata de ser la madre o el padre perfecto. Se trata de ser humano, vulnerable y presente.
La última palabra la tiene la sonrisa
Porque al final del día, lo que tu peque recordará no es la rabieta. Recordará si se durmió sintiendo que el amor es más fuerte que el enfado. Recordará si aprendió que las emociones intensas son parte de ser humano, no algo de lo que avergonzarse.
Y tú también lo recordarás. Recordarás que elegiste volver. Que elegiste reparar. Que elegiste enseñarle que las emociones nos hacen más humanos, más profundos, más bellos.
Por mucha rabieta que haya habido hoy, por muy enfadados que estén todos, vuelve. Abraza. Sonríe. Porque esa sonrisa, ese abrazo, esa reconexión, es lo que sana. Es lo que transforma. Es lo que rompe patrones y crea futuros emocionalmente libres.
La última palabra, siempre, la tiene la sonrisa.
Con amor y vulnerabilidad,
Titela&Co 💛
